NUESTRO CÓMICO GOLPE DE ESTADO

Por: Fernando Londoño Hoyos

Salvo el que se da a los tiranos, un Golpe de Estado es por antonomasia una tragedia. El de los bolcheviques, ese que llaman la Revolución de Octubre, costó la esclavitud a medio mundo por 70 años y sólo en Rusia no menos de treinta millones de muertos, más la casi infinita lista de los que padecieron los gulags; el de Hitler, con la noche de los cuchillos largos, el asesinato por la SS de quienes fueron amigos suyos, el discurso del Sportpalast, el cobarde acomodamiento de los empresarios, la claudicación de los jueces y la ceguera senil de Hindenburg, tuvo por precio la II Guerra Mundial con sus cincuenta millones de muertos; el de Mussolini, que ni siquiera marchó sobre Roma porque se le anticipó el Rey Víctor Manuel, contribuyó a la guerra y a la destrucción de Italia; mucho antes, el de Brumario de Bonaparte valió por un Consulado, un Imperio y a Europa convertida en enorme cementerio.

Ya sabemos lo que le costó a Cuba el Golpe de los Castro, apoyado por los Estados Unidos para derrocar a Batista, otro tirano despreciable, y cuánto va costando el de Chávez y Maduro: un país entero, para decirlo breve.

El nuestro de ahora, este sainete cómico de Juanpa embadurnando de mermelada a sus secuaces para que cierren los ojos y se tapen los oídos, mientras celebra con los asesinos de las FARC el ignominioso pacto para entregarles el poder, ya ha tenido costo enorme y lo que viene será peor, mucho peor, sin género de duda. Pero ahora conviene destacar esa parte cómica, que nos ratifica, para nuestra vergüenza y desgracia, como una República Banana.

Para cambiar nuestra Constitución, son precisos 8 debates sucesivos en el Congreso, donde cada tema sea tratado y discutido. Este Golpe de Estado se tramita en solo dos, de los que ya se surtió uno, sin cambiar una coma, para destacar el entreguismo miserable de las mayorías.

La más modesta Ley de la República, para rendirle homenaje a un carnaval pueblerino, solo alcanza esa dignidad si pasa por las dos Cámaras del Congreso. Este Golpe de Estado quedó reservado a la Cámara de Representantes y el Senado ha hecho mutis por el foro.

Lo menos que se le pide a un congresista, es que vote sobre algo que conoce. El lado más cómico de esta comedia es que nadie sabe qué se votó, ni puede saberlo.  Porque el malabar más gracioso es que queda incorporado a la Constitución un Acuerdo de Paz, logrado entre un Presidente en rines de prestigio, con una pandilla de asesinos. Y nadie conoce el texto del Acuerdo, ni su contenido, ni su extensión. Como noticia preliminar, hemos leído un borrador parcial, al que le faltan como 27 temas adicionales, que va por trescientas páginas de insufrible literatura.

Ni uno solo de los Representantes que ya votaron, ni uno solo de los que votarán la próxima semana, sabe qué aprobó, ni qué aprobarán. ¿No es fantástico?

Y ese mal pergeñado libraco, de centenares de páginas, se incorpora a la Constitución. Pero no como cualquiera otro de sus 380 artículos. No. Hará parte de ella como Acuerdo Especial de los que se dictan al amparo del artículo tercero de los Protocolos de Ginebra de 1.949, para humanizar la guerra. Y ese Acuerdo Final, ¿cómo humaniza una guerra que se da por terminada? Pues de ningún modo, claro está. Pero salta el inefable De La Calle, para decir que mejor que humanizar una guerra, es darla por terminada. Así el Acuerdo no tiene que hablar de humanizar la guerra, ni es transitorio, ni se conviene entre partes de un conflicto civil. ¡Qué maravilla! De La Calle fue el hombre que faltó en los Protocolos de Ginebra. Con él, el mundo sería distinto. Para peor, claro está.

No estamos cerca de la paz, ni de la seguridad, ni de nada. Pero somos los campeones del ridículo. Al menos como payasos lo hacemos bien.

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