CARTA DE UN SOLDADO A SU PADRE

Por: Fernando Londoño Hoyos

El libro del Coronel Hernán Mejía Gutiérrez nos ha llegado hasta el fondo del alma. Una experiencia repetida entre los miles de colombianos que han tenido la ocasión y el valor de enfrentarse a esas páginas estremecedoras.

“Me niego a arrodillarme”,  es un libro imposible de enmarcar, imposible de repetir. Es un libro único.

Hernán Mejía entró a la Escuela Militar de Cadetes, sin saber lo que buscaba en esa forma inexplicable de renunciamiento total, entrega sin reservas a un ideal indescifrable, toma de una posición tan radical ante la vida, como que supone jugarla cada día en el altar de unos dioses desconocidos, en la lucha por unos amores inciertos, en el servicio a unos compatriotas que los van a ignorar, y probablemente los van a despreciar y tal vez a traicionar.

Su padre, la figura central de un libro que no alcanza a ser su biografía, sabía lo que su joven héroe iba a recibir a cambio de su sacrificio: medallas y cicatrices.

Nuestro joven enfrenta las amarguras y las duras pruebas de la Escuela y las supera más por amor propio que por convicción. Y las supera entre los mejores de su curso. Y obtiene su grado de Oficial del Ejército que lo consagra como subalterno del gran héroe que ilumina su lucha y que no dejará jamás de gritarle: “de frente, armas a discreción, paso de vencedores.

Mejía nos cuenta el duro contraste entre sus ilusiones y la durísima realidad de sus primeros pasos por la milicia. Y más por las contradicciones de sus jefes con su propia vocación, que por la dureza de esas horas iniciales.

De pronto, sin saber cómo ni a qué horas, aquí va nuestro joven oficial, con un puñado de los suyos a cumplir su primera gran cita con la Historia. Los narcoterroristas y unos bandidos disfrazados de políticos, se han tomado el Palacio de Justicia, para poner de rodillas a la Nación. Es preciso reducirlos y salvar la Justicia en llamas y a centenares de compatriotas en riesgo inminente de  morir abrasados por las llamas de ese incendio atroz. El capítulo del Palacio de Justicia, que para Mejía se cerró después de actos increíbles de valor con sus tres primeras heridas en combate, bastaría para hacer del libro una página inmortal.

Pero era apenas el comienzo. Sus cursos de adiestramiento en los Estados Unidos, rematados por una condecoración impuesta como al mejor de todos los oficiales de todas las nacionalidades, por el General Schwarzkopf, el gran comandante de la “Tormenta del Desierto”, parecen sacados de una novela de Faulkner. Y luego, el regreso a la Patria.

A una Patria que sentía ultrajada porque hubiera sido su Comandante en Jefe un despreciable Presidente elegido por el narcotráfico y en grave riesgo de perderse para siempre. Su Ejército estaba moralmente derrotado, olvidado por sus compatriotas, mal equipado y peor preparado para soportar las calamidades de entonces. Todos recordamos lo que pasó en la vergonzosa derrota de Mitú, pero olvidamos la victoria de La Hormiga, Putumayo. Una gesta digna de entrar en las mayores hazañas de una guerra indecisa. Era que nuestras tropas tenían al mando al Mayor Hernán Mejía Gutiérrez. ¡Qué actos de sacrificio! ¡Qué audacia en las maniobras! ¡Qué valor, qué osadía, qué capacidad para soportar el infortunio y darle cara a la gloria!

Del Sur al Norte, ya como el mejor soldado de América, reconocido y condecorado por ello, y precisamente por serlo. Al Norte, por donde empieza la reconquista de Colombia Álvaro Uribe Vélez, contando con la capacidad estratégica y el heroísmo del Coronel Hernán Mejía Gutiérrez. Páginas espléndidas de devoción y grandeza, de las que podemos dar fe. Quién iba a imaginar que entre las sombras de la ruindad y la mediocridad confabuladas bruñía sus garras la fiera de la perversidad y la cobardía.

Todos recordamos a Romaña secuestrando colombianos por docenas en las goteras de Bogotá. Nadie recuerda cómo desapareció esa amenaza terrible para la República. En este libro lo leerá, paciente lector de estas líneas.

Y después de heroísmo sin cuento, de hechos dignos de una epopeya, la traición de los pusilánimes, de los cobardes, de los que quieren derrotar el Ejército por el camino de la perversidad, ya que no pudieron lograrlo por las armas.

Hernán Mejía Gutiérrez lleva más de ocho años preso y está condenado a treinta más. ¿Por qué? Como el personaje de Kafka, él no lo sabe. Ni lo sabe nadie. Salvo sus canallas verdugos, que recuerda y repite con nombre propio y pruebas inconcusas: Sergio Jaramillo y Juan Manuel Santos. Después de leer ese libro, entendemos lo que no habíamos alcanzado a entender. Como en la antigüedad clásica, la verdad anda por el mundo de la mano de la tragedia.

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