Asesores del presidente

Por: Fernando Londoño Hoyos

El punto IV de la agenda está listo. Basta afinar detalles. Lo sabemos de la mejor fuente.

No se imaginaron los bandidos de las FARC que andando el tiempo se convertirían en asesores del Presidente de la República. Y debieron imaginar menos que lo fueran para uno de los más graves problemas de Estado. Pero así son las cosas. Sin saber cómo, ni cuándo ni por qué, ahí están Timochenko y sus muchachos de consejeros de Santos en asuntos de narcotráfico.

Los nuevos consejeros han hecho una primera propuesta llena de originalidad e ingenio. Consígase la legalización o permisividad total para la producción, distribución y venta de alucinógenos como la cocaína, y asunto arreglado. El precio del producto bajará a unos dos dólares por libra, parecido al del café, y la violencia desaparecerá al tiempo con las fabulosas ganancias del mercado actual.

Como expertos en el negocio, saben los de la mesa de La Habana que por ganas que tenga el Presidente no conseguirá mover la posición de Obama y de los europeos, por hipócrita que sea, frente a ese tráfico. El asunto no funciona, pues, pero ellos quedan bien, apuntados a una carta en la que se encuentran con prestigiosos pensadores, economistas, políticos de varias latitudes. Dirán que es una grande pena que una posición tan generosa y sensata como esa no fuera comprendida.

En subsidio, las FARC apelan, ya se sabe, a un segundo consejo, tan imposible como el primero  pero al que tampoco faltará alguna ovación de los tendidos. Se trata de quitarle al narcotráfico la parte vil y peligrosa que es el trasiego de la cocaína por el mundo, para buscar su uso final en las calles de las ciudades capitalistas. Pero no hay por qué perseguir los arbusticos amables que producen las hojas, que no hacen ningún daño. Son muy buenas para ayudar al viajero en sus fatigas y para inspirar fraternidad y amor entre los que la mastican, como los “mambeos indígenas lo atestiguan. Y como infusión, a manera de te, son una bendición. Miren que uno de sus persistentes productores, el Presidente de Bolivia, viene luchando hace tiempo por los derechos de la coca, y nada le ha pasado.

Sospechamos que tampoco sea de recibo la receta. Permitir la producción de la hoja, y permitir el consumo final que demuestra el libre desarrollo de la personalidad, como dice la Corte Constitucional, es demasiado audaz. Ni el inocente de Obama se tragaría el cuento.

¿Qué se seguirá, entonces? La protesta, ya repetida, de que ellos solo tienen que ver con la defensa de los campesinos que siembran y raspan, para protegerlos de una policía descomedida y de unos traficantes sin entrañas. Ellos no tienen laboratorios, ni llevan cocaína a la Costa Pacífica, ni la meten a raudales por Venezuela. Si lo hicieran serían ricos y no tienen ni para el bus, como ya lo han dicho. Los quince mil millones de dólares que produce al año ese negocio, no es asunto suyo. Solo que los medios se las tienen jurada, y no hay incautación de cocaína, ni descubrimiento de laboratorios, ni hallazgo de lanchas rápidas o de sumergibles que no se los imputen.

Pero podrían averiguar, eso sí. Cuando reciban las Zonas de Reserva, que por pura casualidad coinciden con lo fino del negocio, se ocuparán en convencer a la gente de que siembre otras cosas, para que no se meta en negocio tan feo, que no le deja sino pobreza, enfermedades y muerte.

Difícilmente se negará Santos a una propuesta tan altruista, equilibrada e inteligente. Mire que conseguir la asesoría y apoyo de las FARC para combatir el narcotráfico no se ha logrado nunca antes en la Historia. Y nadie sabrá defender mejor esa tesis que el doctor Humberto de la Calle. De modo que así, con todo resuelto, el punto IV de la agenda sale para pintura, como dicen en los talleres de mecánica.

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