¿Un triunfo póstumo de Pablo Escobar?

Por: Eduardo Mackenzie

Es la negociación “de paz” más absurda de la historia. Quizás la más funesta y humillante para un país. La operación que abrió el presidente Santos con las Farc en La Habana desde hace cuatro años,  parece estar llegando al final. A un final desastroso. En marzo de 2016, dicen, será la firma de la paz. Pero desde ya se sabe que ese final desemboca no en lo prometido, la paz, sino en una cosa abyecta: en un triunfo estratégico del terrorismo.

Los excesos jurídicos a que llegó esa negociación la ha condenado al fracaso, antes de esa fecha. La negociación fracasó aunque Santos intente crear una imagen alterna con toneladas de publicidad y de algaradas y zancadillas contra la oposición. Tras el anuncio del “pre acuerdo judicial” del 23 de septiembre, ese fracaso se hizo más evidente: vimos que Santos le estaba mintiendo a las Farc y que éstas le mentían a Santos. Pues los puntos del “pre acuerdo” no eran 10 sino 50 o 60 y que ese “pre acuerdo” contiene cosas tan siniestras que ninguno de los actores se ha atrevido a revelar su contenido real.

La deriva jurídica que consiste en hacer que el orden jurídico internacional acepte que, para Colombia, crímenes atroces, como el narcotráfico, el secuestro, la masacre y hasta la desaparición de personas, como lo anunciaron hoy 20 de octubre, sea visto como un delito político, o “conexo con el delito político”, es decir disculpable, fue la gota que desbordó el vaso. Esos “logros” de las Farc causan estupor en el Congreso americano. El influente senador demócrata Patrick Leahy, uno de los más entusiastas de los diálogos en La Habana, ha comenzado a ver claro. Ha dicho que para que haya un aumento en la ayuda que Estados Unidos aporta a Colombia los criminales de las Farc responsables de graves delitos deben recibir penas privativas de la libertad y no simulacros de sanciones.

Esa declaración muestra que algo se ha quebrado en las cúspides del poder americano, a pesar de que ese poder, bajo la orientación de Barak Obama,  fue uno de los padrinos de las aberrantes capitulaciones en La Habana.

En España, la prensa adoptó hace meses un tono cada vez más crítico frente a esas negociaciones y ese tono se mantiene y se endurece, con toda razón. Los colombianos están contra los asombrosos resultados de esos diálogos y los sondeos de opinión constatan eso. El ex presidente Pastrana dice que la democracia colombiana está en peligro. En círculos oficiales europeos también cunden los interrogantes sobre lo que está haciendo Santos.

La revelación que hizo Timochenko de que desde la apertura de las transacciones alguien no investido de autoridad, el hermano de Santos, había prometido a los jefes terroristas que no pagarían un solo día de cárcel, demostró que la tal “negociación” era una farsa desde el comienzo.

Otro rasgo detestable del proceso Santos/Farc: es la primera negociación de paz en que los representantes de “las partes”  dialogan bajo la vigilancia y la batuta de dos dictaduras que tienen sangre de colombianos en sus manos, y de espalda al pueblo y a las instituciones democráticas. Fuera de la cúspide del poder ejecutivo, ningún otro poder participa realmente en la conducción y control del proceso. El Congreso y el poder judicial fueron convertidos en meros instrumentos del Ejecutivo.

Nada parecido ocurrió en las negociaciones de paz de Centroamérica, ni en los pactos de paz en África. Santos, al poner esa negociación en manos de Cuba y Venezuela, y vetar toda injerencia a las instituciones y de los colombianos con el pretexto de la secretividad, perdió el control de ese proceso. Santos hoy  es un rehén de esos dos regímenes. Por eso lo que están pactando escandaliza a Colombia y a los países civilizados.

Los colombianos eran los mandantes de Santos. Empero, ellos fueron descartados. Se les dijo que la transacción con las Farc debía ser secreta y bajo el patrocinio de dos dictaduras. Ingenuamente ese esquema fue aceptado y todos fuimos desinformados, manipulados, divididos y burlados. Esa operación no podía ser transparente pues su objetivo era perverso: desposeer a los colombianos de lo que tenían: de sus libertades, de sus bienes, de su herencia cultural y de su futuro. Pues las Farc quieren dinamitar todo eso e instalar el mismo infierno que viven los cubanos y los venezolanos.

Santo quiere que le den plenos poderes para seguir adelante. Y se opone a que los electores puedan ratificar o vetar su acuerdo con las Farc. Quiere que una comisión que él designaría a dedo suplante al pueblo soberano.

Algunos creyeron que la negociación le permitiría a la banda que había fracasado en su objetivo de implantar el comunismo a la fuerza, mediante 50 años de atrocidades y mentiras, y que esa gente quería, por fin, incorporarse de manera airosa al sistema democrático.

Lo que hizo Santos fue revertir esa jerarquía. Le permitió a las Farc asumir el papel de narco-guerrilla victoriosa y le impuso al Estado el papel de derrotado. Por eso lo que sale de tal negociación es grotesco e inaceptable para todos, para el pueblo, para las víctimas, para la Constitución y para la ley penal internacional.

Las negociaciones fracasaron pero los actores siguen en su dinámica. Si no los paran ese horrible Caballo de Troya llevará al país a una nueva fase de caos y sacrificios.

No puedo olvidar que esa negociación comenzó con un crimen horrible: el atentado del 15 de mayo de 2012, en Bogotá. Ese día las Farc intentaron matar con una bomba al ex ministro y periodista Fernando Londoño Hoyos. Lo hirieron gravemente. Mataron a sus dos escoltas e hirieron a 34 personas más. Londoño denuncia con gran coherencia la naturaleza perversa de la transacción en La Habana. Querían matarlo para eliminar esa voz eminente y para aterrorizar a todos los periodistas. No lo lograron. Fernando Londoño sobrevivió y sigue siendo una de las voces de oposición más autorizadas, escuchadas y valientes del país, junto con la del ex presidente Álvaro Uribe y los militantes del Centro Democrático. Los críticos de la farsa de La Habana  –parlamentarios, universitarios, periodistas, blogueros, amas de casa, militares, empresarios, estudiantes y hasta magistrados (que los hay)–, no se han callado. Sus críticas son cada vez más certeras y están llegando a los gobiernos extranjeros.

La resistencia contra la conspiración de La Habana vencerá. Colombia no quiere que Tirofijo y Pablo Escobar obtengan por la vía de una paz mentirosa un triunfo póstumo. Para evitar eso hay que votar por los candidatos del Centro Democrático este 25 de octubre.

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