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Somos coca... O no somos nada

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Somos coca... O no somos nada - 4.8 out of 5 based on 23 votes

Por Fernando Londoño Hoyos

Ya desde finales del año pasado nos decían los reportes oficiales que el oro salvaba las cifras de exportaciones. Que las ventas al exterior crecían fabulosamente, hasta el punto en que ayudaban a equilibrar la balanza comercial y hacían menos penoso el déficit en cuenta corriente. Y no entendimos el mensaje.

La cifra más importante y concluyente viene envuelta ahora en la maravilla del empleo  rural. Para que nos llenemos de orgullo patrio.

El desempleo subió en las grandes ciudades del país, para ubicarse largamente por encima del 10%. Pero ese dato se compensa con el empleo en las pequeñas ciudades y sobre todo en el campo, para que quedemos en un alentador 9.7%

Pero viene lo mejor. Porque el desempleo rural desapareció. Hay plena ocupación campesina en el país. ¡Aleluya! El Ministro de Agricultura salta a la televisión a reclamar el éxito de la política agrícola. El DANE lo confirma. El PIB rural es prodigioso. Y uno no sabe si lo dicen por   ignorantes o estúpidos. Le están haciendo la corte a la cocaína, la marihuana, la heroína y la extracción ilegal de oro. Y no se dan cuenta. O se dan cuenta y nos creen una partida de tontos.

Las cifras de desempleo no disciernen en qué está empleado el empleado. Basta que diga haber recibido alguna remuneración en las últimas semanas y ya queda inscrito como persona empleada. ¡Deo Gratias!

 Más de doscientas mil hectáreas sembradas de coca, más de mil toneladas métricas producidas y en gran número exportables, distribución de cocaína y “bazuco” en todas las ciudades (no hay pueblo de Colombia sin “olla” de estupefacientes) más la marihuana, más la heroína, más el oro ilegal,  responden por esta cifra fantástica.

El 4.5% de desempleo en el campo equivale a pleno empleo, por una dinámica social bien conocida. De modo que estamos empobrecidos pero con pleno empleo campesino. Paradoja que escapa al escrutinio de una crítica lamentable y de una prensa idiotizada o comprada.

Cuando apenas empezaba la producción de coca en el país, el Presidente cocalero Ernesto Samper calculaba en 300.000 el número de personas que vivían dedicadas a la coca. Ahora no bajarán del millón. Pero queda toda la economía informal y sucia que se produce alrededor y ya está el perfil de este milagro económico.

Cada hectárea de coca necesita quién la siembre y quién la raspe, que es como se llama la faena de recoger la cosecha de la hoja. Y quién la transporte al laboratorio vecino y quién prepare la pasta. Y quién la lleve al segundo, para producir el clorhidrato de cocaína. Y quién la comercialice y quién cuide la plata, la pasta y las mezclas. . Y quien la almacene, transporte, y después quién la venda. Y quién soborne o mate al policía indiscreto. Y quién amenace y mate al que se pase de vivo en la comercialización. Y quién rompa el oleoducto para sacar el petróleo y quién lo refine para procesar el alucinógeno. Y quién compre y transporte el cemento, sin el que no hay producto final. Y quién importe y distribuya los precursores químicos que se usan en la producción de la pasta, primero y del clorhidrato después. Y quién componga el grupo armado que lleve la cocaína al puerto y quién la embarque, y quién maneje los sumergibles y las lanchas rápidas que lleguen a México, pasando o sin pasar por Centroamérica. Y quién venda en los Estados Unidos o en Colombia la coca pura o ya mezclada. Y quién administre el dinero y quién lo convierta en contrabando y entonces, vuelva la cadena de empleos que el delito nuevo requiere. Ya todo lo había descrito Adam Smith en la Riqueza de las Naciones, hombre.

Súmese la constelación de los empleos indirectos que tan fecunda actividad genera. Las prostitutas, los comerciantes, los carpinteros, latoneros y mecánicos, mensajeros y extorsionistas que llegan a los pueblos nacientes, o mejor dicho, a estas desordenadas colmenas humanas que se forman para servir a los nuevos potentados y al dinero, cumplido y antiquísimo aliado de Satanás.

Y no hemos dicho nada de la marihuana y la heroína. Y nos queda el capítulo del oro y el coltán, que parecen ser todavía más extensos y valiosos. Así se comprenden las cifras del DANE. Pleno empleo en el campo y pobreza extrema en el resto del país. Lo que falta es mano de obra para recoger el café y procesar la caña y producir comida. Pero hay con qué importarla. Por las buenas o por el camino del contrabando.

Hace tiempo dijo alguien que “Colombia es café o nos es nada”. Pues ahora  “Colombia es cocaína o no es nada”. Gracias, Presidente Santos. Estos son los frutos de la paz. Que el Santo Padre no pierda la ocasión de bendecirlos.

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El hambre de tanta gente no es un número

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El hambre de tanta gente no es un número - 5.0 out of 5 based on 15 votes

Por Fernando Londoño Hoyos 

Tan ocupados como andamos con las travesuras de los Ñoños y los Musas, con las arrogancias del más incapaz  Presidente que hayamos tenido, con la corrupción de nuestros jueces más altos, con los miles de millones que se robaron aquí, allá y acullá, nos desentendemos de los hechos que nos cornean y nos muerden y nos desgarran, como bestias salvajes.

Los economistas lo vuelven todo cifras, ecuaciones, gráficos y números. El hombre se queda fuera, expulsado de análisis, sentencias y discusiones tan elevadas. Como si el asunto no fuera humano, profunda e irremisiblemente humano.

 ¿Qué quiere decir que tenemos el mayor desempleo juvenil de América? Nada. Otro número para despistar o entretener. En la verdad verdadera, eso significa que usted, joven generoso que nos lee, o los hijos o nietos o sobrinos de nuestros lectores, no tienen nada por hacer en Colombia. Su destino es  cualquier parte donde alumbre una luz, donde se lea una esperanza en el ceniciento porvenir de los que no tienen Patria. El que no tenga cerca un caso parecido, que le de gracias a Dios y le pida que aparte ese cáliz amargo de sus labios.

¿Qué quiere decir que las edificaciones de vivienda cayeron un 8% en este primer semestre? Muy poco para algunos, una tragedia sin orillas para muchos. Arrastramos de antiguo lo que llamamos los economistas déficit habitacional, que se traduce en que centenares de miles de familias colombianas no tienen un techo digno donde pasar las noches heladas y los días sin orillas, que carecen de aquello que desde los griegos es la más bella de las instituciones humanas: un hogar. Pues esto es lo que se ha multiplicado, con su rastro de humillación y desesperanza.

¿Qué quiere decir que la industria viene en picada? Pues que estamos perdiendo la gran batalla del Desarrollo, el nuevo nombre de la Paz para Pablo VI, un Pontífice que no andaba en trance de político itinerante, sino de pastor angustiado por sus ovejas. Usted me dirá, lector amable, desde hace cuánto tiempo no tiene noticia de una fábrica que se establece, de otra que se multiplica, o de la de más allá que crea nuevas sucursales para competir mejor, producir mejor, servir mejor.

¿Qué quiere decir que están cayendo las ventas en proporciones nunca vistas? Que la gente no tiene con qué comprar, y no que sienta pereza por visitar la tienda, el almacén o el supermercado. Y si la caída, como ocurre, es en el rubro de los alimentos, no es porque los colombianos hayan resuelto dedicarse al sano ejercicio de las dietas dirigidas. Claro que no.

¿Qué quiere decir que producimos la misma cantidad de café que hace cuarenta años y que los jóvenes abandonaron los cafetales y que no hay brazos robustos para sembrar, desyerbar, abonar o recolectar el grano?  Pues que el sesenta por ciento de los municipios de Colombia no tiene porvenir.

¿Qué quiere decir un déficit fiscal del 4% sobre el Producto Interno Bruto? Cuánta elegancia para hacerle trampa a la verdad. El numerito quiere decir que ya, después de que se lo robaron todo, no queda con qué construir un hospital, ni levantar un colegio, ni mantener un camino, ni tener una cárcel decente donde volver seres humanos fieras que perdieron su libertad.

¿Qué quiere decir que andamos en déficit de cuenta corriente y de la balanza comercial y de pagos? Nada distinto de que estos casi cincuenta millones de colombianos no somos capaces de producir lo que necesitamos para vivir y tenemos que acudir a la generosidad, o al calculado interés de otras naciones, para completar lo del mercado. Estamos comiendo al fiado, en pocas palabras.

¿Y que quiere decir que más de la tercera parte de las familias colombianas no tienen con qué satisfacer sus necesidades esenciales? Nada, casi nada distinto de que tienen hambre. Ya pasamos por el dato tramposo de que la mitad de los empleos son informales, lo que significa que millones de compatriotas viven del rebusque, que a la hora del desayuno no saben si tendrán para el almuerzo y que en las noches se preguntan cómo sobrevivirán al día siguiente. Para que al fin de todos esos cuadros, esos números, esas ecuaciones, aparezca el dato que nos parte el corazón. Ese del 32% de familias que no “llenan sus necesidades básicas”.  Que tienen hambre. Que no tienen cómo vestir a sus hijos. Que no tienen un hogar. Que no tienen quién los cuide en sus enfermedades ni quien los ampare en su vejez.

Esa ha sido la obra de Santos y de su Mesa. Pero tienen un Nobel y un Papa que viene a blindar los acuerdos que han firmado con los peores criminales de que se tenga noticia.

 

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¿Por qué el escándalo?

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¿Por qué el escándalo? - 5.0 out of 5 based on 19 votes

Por Fernando Londoño Hoyos

Se nos olvida que hubo un día en el que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia se hicieron matar por no entrar en componendas con los extraditables. Se nos olvidan las palabras de una Magistrada de Manizales, Fanny González Franco, dichas a las puertas de la muerte, que debían ser de obligado aprendizaje en todas las Facultades de Derecho y  presidir los salones de audiencia de todos los tribunales de Colombia.

Se nos olvidan los magistrados y jueces y abogados asesinados por la mafia porque no vendieron sus conciencias, a sabiendas de la suerte que les esperaba.

¡Para saber que pasamos de esos héroes y esos mártires a lo que vino después! Y a lo que nos avergüenza ahora cuando debíamos estar avergonzados hace años. El mayor escándalo es que solo ahora nos escandalicemos.

Porque este es el mismo país del proceso 8.000, en el que la mayoría corrupta de los jueces instructores, los Representantes a la Cámara, absolvieron a Ernesto Samper a cambio de la mermelada de entonces, que corrió a raudales para pagar ese favor.

Este es el mismo país en el que se eligieron 4 contralores generales de la República que terminaron en la cárcel por corruptos.

Este es el mismo país en el que un Procurador General de la Nación, un tal Vásquez Velásquez pagó prisión por corrupto; en el que otro fue a Panamá a negociar la dignidad de la Nación con Pablo Escobar y sus sicarios; y en el que otro, Jaime Bernal Cuéllar, terminó de abogado de DMG, para facilitar la mayor estafa que se ha conocido en América.

Este es el mismo país que tuvo por Fiscal General de la Nación al fulano Mario Iguarán, cuyas hazañas putrefactas nadie olvidará.

Este es el mismo país que eligió Fiscal a Eduardo Montealegre, que se dedicó a pagar favores a los jueces que le prolongaron su cargo tres años, mediantes contratos nauseabundos. Uno de esos contratistas es el actual Ministro de Justicia, Gil Botero, que se robó ochocientos millones de pesos por esta vía tan expedita.

Este es el mismo país que le permitió a un mafioso italiano, Giorgio Sale, socio del Mono Mancuso, que llenara de halagos, trago, viajes, relojes y atenciones a los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo Superior de la Judicatura sin que pasara nada.

Este es el mismo país que le ha permitido a los Magistrados de la Sala Penal de la Corte que condenen sin pruebas ni razones a varios altos funcionarios del Gobierno de Álvaro Uribe, solo porque fueron funcionarios de ese Gobierno que deben perseguir.

Este es el mismo país que se escandaliza porque una pobre muchacha escolta del DAS haya puesto una máquina de grabar en sesiones plenarias de la Corte, pero no se escandaliza que en esas grabaciones los magistrados dijeran que no fallarían en Derecho sino por conveniencias políticas.

Este es el mismo país que le permitió a la Fiscal Angela María Buitrago, que se inventara una diligencia judicial que no se hizo nunca, con un testigo que juró mil veces que habían usado su nombre y que la firma que impusieron no era la suya. Y el mismo país en que el cotejo grafológico lleva años pendiente, porque los colegas de la Buitrago se niegan a practicarlo.

Este es el mismo país que le tolera a un congresista que se meta en las cárceles a buscar testigos falsos contra quienes estima sus rivales o enemigos políticos.

Este es el mismo país en el que las Altas Cortes  engavetan sentencias para prolongar de facto condenas infames proferidas contra personas que el Presidente que los hace elegir considera peligrosas para su causa.

Este es el mismo país en el que las tutelas se volvieron conocido y gigantesco negocio de jueces y magistrados corruptos. En el que los Magistrados de la Corte Constitucional reciben dinero por escoger esas tutelas para fallarlas como les da la gana. El país donde se hace “vaca” para comprar la conciencia de los Jueces más altos.

Este es el mismo país en el que ya salieron libres todos los delincuentes de lesa humanidad de las FARC, y a otros se les garantiza que no pagarán un día de cárcel, porque la paz es el más alto valor jurídico, según dice un experto en axiología, que no sabe lo que sea la axiología.

Este es el mismo país que se dejó robar una bonanza petrolera de más de sesenta mil millones de dólares y se dejó montar en un endeudamiento externo parecido, sin preguntar a los bolsillos de cuáles corruptos fue a parar semejante fortuna.

Este es el país que ahora sí se escandaliza, porque el escándalo lo descubrieron en los Estados Unidos. Solo por eso.

 

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