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De desastre en desastre...

De desastre en desastre... - 5.0 out of 5 based on 1 vote

No le puede ir peor a Santos que como le ha ido en estos días. Prendido como una garrapata a su proceso de paz, se fue para los Estados Unidos con la esperanza de que Trump y su gente le comieran del cuento. Al contrario, lo emplazaron muy rudamente a que explicara el brutal crecimiento de los cultivos de coca en los siete años de su gobierno, con su inevitable consecuencia del aumento de la cocaína y de la invasión del polvo maldito a las calles de los Estados Unidos. 

Y no tuvo nada que explicar, distinto a que ahora sí y como nunca antes tiene un plan infalible para erradicar la coca. No le creyeron palabra de su retahíla y lo emplazaron a que demostrara con hechos lo que decía. Porque no está dispuesto Trump a seguir tolerando lo que pasa. Peor, ni a los perros en misa.

Saliendo para su terrible viaje, se enteró de que la Corte Constitucional, tan sumisa y querendona como había sido, descubrió que el Congreso es para hacer las leyes y reformar la Constitución y no para aplaudir al Presidente. Y se le vino a Santos el mundo encima. Por eso, al terminar su reunión con Trump, tomó el teléfono para tranquilizar a su jefe Timochenko. Y tampoco pudo. Las FARC se declararon en asamblea permanente y mandaron al diablo el cronograma de entrega de armas para celebrar la paz. Se le dañó el caminado, tanto como tiene hace rato dañado el hablado, al Presidente Santos.

Pero estamos apenas al comienzo de las desventuras. Porque después de mucho maquillaje y de mucha pirueta, el DANE no tiene más remedio que contarle al país que la economía había crecido el 1.1% en el primer tercio del año. Desastre peor, si cabe.

Ese crecimiento descompone todas las cuentas de Santos y su Ministro de Hacienda. El recaudo tributario se le viene al piso, el empleo le cae a los talones, la cuenta corriente empeora su déficit. Pero esas son las cifras. Lo que esas cifras traen consigo es una situación social insostenible, como ya empezó a manifestarse en el Pacífico, antes de dar el salto al resto del país. Los sucesos de Buenaventura empezaron con tanta virulencia, que los reporteros aclararon, una y otra vez, que las imágenes que tomaban no eran de Venezuela, sino de Colombia. Combates en las calles, destrozos por doquier, asaltos a tiendas y mercados. La paz de Santos.

El Chocó viene parecido a Buenaventura. Vamos para dos semanas de paro y el panorama pinta ensombrecido.

Tumaco está peor, aunque menos visible. Es la capital mundial de la coca, con 29.000 hectáreas sembradas en sus alrededores. El General Naranjo, Vicepresidente de las FARC, llega, pero no se atreve. Mejor dejar quietos los santos.

Putumayo y Caquetá no reportan mejoría. Al contrario, coca ventiada, como dicen los muchachos y asesinatos y heridas a los policías. El plan pistola es una calamidad y una vergüenza.

Los maestros en las calles y siete millones de niños en sus casas. Para arreglar el problema hay que poner plata, que es lo que Santos no tiene.

La Corte no solo le tumbó el Fast Track. Se había ocupado primero de los mil doscientos guerrilleros que nombraba en la Unidad Nacional de Protección, y que se quedaron para aprobación del Congreso, allá donde se le derriten las mayorías y se vuelven más altaneros sus antiguos cómplices. Es que tenemos elecciones a la vista y Vargas Lleras no quiere herencias o legados malditos. La izquierda tampoco y los liberales vacilan.

De desastre en desastre. De tumbo en tumbo. Y no hay situación, por mala que sea, que no pueda empeorar. Si no cree, lector amable, mire las cifras de la producción y las reservas de petróleo.

 

Por Fernando Londoño Hoyos

Columna para publicaciones de provincia

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Aguacate Republic

Aguacate Republic - 5.0 out of 5 based on 1 vote

Son deliciosos los aguacates. Pero cuando de una reunión de presidentes, más siendo uno de ellos el más poderoso de la tierra, apenas sale una decisión comercial sobre el aguacate, es porque no hubo de qué hablar, o que es para callar lo que de verdad se habló.

Lo último fue lo que ocurrió en Washington cuando Trump se reunió con su gente para meterle una zurra a Santos. Lo de verdad, condenado al silencio. Y por eso no sobrevivieron a la purga más que los aguacates.

Aunque Santos se tenga que guardar la reprimenda que se ganó y sus compañeros de mesa juren que no contarán lo que oyeron, las cosas se descubren con claridad meridiana.

Para los portavoces de Trump los temas del encuentro fueron Venezuela y cocaína. Y la frase de Trump vale más que las montañas de paja que sueltan Santos y sus secuaces: “ la epidemia de drogas envenena muchas vidas en los Estados Unidos y le vamos a poner freno”.

El tema es ese y no los aguacates, por supuesto. El equipo de Trump le recordaría al de Santos que en sus años de gobierno la siembra de coca y la consiguiente producción de cocaína se han multiplicado por cinco. De 42.000 hectáreas cultivadas que recibió Santos, pasó a 188.000, pero con cifras a finales del año pasado. En este momento, la superficie sembrada pasó de vuelo las 200.000 hectáreas.

A los Estados Unidos no le inquieta el tema agrícola. Le enfurecen sus efectos. Porque el equipo de gobierno le diría al de Santos que se estima la producción actual de Colombia en más de mil toneladas métricas de cocaína. Y ahí está el detalle, como dijera Cantinflas.

Lo que pasó no es fruto del acaso ni del calentamiento global. Es el resultado de abandonar los bombardeos, de impedir la instalación de las bases que habrían controlado la entrada de aviones con armas para que salieran llenos de cocaína, de la destrucción por las FARC, con la ayuda del General Naranjo, del radar de Santa Ana que controlaba el tráfico en el Occidente del país, de la eliminación de la fumigación con glifosato, de la prohibición de extraditar narcotraficantes a los Estados Unidos, y de la ruina del sistema de extinción de dominio sobre los bienes de los traficantes. Y es a todo eso a lo que se le pondrá freno.

Esa serie de errores, como a algunos pudieron parecerle, y de omisiones monstruosas, tenían una razón muy clara: cumplir las órdenes de las FARC y facilitar su enriquecimiento fabuloso. Sin esos errores y esas omisiones no se habrían logrado las 312 páginas de basura que contiene el llamado Acuerdo de Paz. En otras palabras, nos llenamos de cocaína para facilitar la tarea en La Habana de Sergio Jaramillo y de Humberto De La Calle en sus negociaciones con los criminales opulentos a los que se les entregó de encima el porvenir de Colombia.

Pues se acabó la fiesta, señores. Porque como tantas veces lo advertimos llegaría el momento en que los Estados Unidos no iban a tolerar tanta cocaína en sus calles, tantos jóvenes envenenados y adictos, tantos muertos por sobredosis, tanta violencia, tanta cárcel, tanto hospital.

Con Obama las cosas fueron a otro precio. Porque el parecido de Obama y Santos es asombrosos. No se dan cuenta de nada o se dan cuenta y no protestan como ciertas mujeres ante familiaridades que se toman con ellas sin quejarse.

Santos sabía lo que le subía pierna arriba y tal vez por eso no llevó a Washington ninguno de los ministros claves para combatir la coca. Ni al de Agricultura, ni al de Medio Ambiente, ni al de Justicia, ni al del Interior. Llevó sí de paseo al de Defensa, para que hablara de las 15.000 hectáreas erradicadas en su imaginación, y de las cien mil que va a erradicar este año, sin que se sepa cómo, ni dónde, ni con quién.

Terminada la jornada, Santos salió corriendo a llamar a su jefe inmediato, Timochenko, el de las FARC, para decirle que Trump lo había felicitado por la Paz, en una palabra de cortesía después de semejante varapalos que le metió. Y que no se preocupara por lo de la Corte Constitucional, que eso lo arreglan aquí, a garrote o mermelada.

Por todo eso, lo mejor era quedarse callado. O encontrar algo que pudiera decir. Y se le ocurrió lo de los aguacates. Quién sabe si a estas alturas Trump y los suyos entendieran la relación entre el guacamole con la cocaína, la juventud enferma, la violencia y el freno que a todo ello se le pondrá. Tal vez crean que pasamos de República Banana a la República del Aguacate. Y que a falta de entender buenas razones, solo entendemos a rejo.

Por Fernando Londoño Hoyos

Columna para el portal Las Dos Orillas

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La extorsión de Colombia en Washington

La extorsión de Colombia en Washington - 4.7 out of 5 based on 29 votes

Mary Anastasia O'Grady   

El presidente Santos es un mejor amigo para Cuba y Venezuela que para los EE.UU.

El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, va a Washington esta semana para buscar la bendición de Donald Trump a su acuerdo de amnistía con las narcoterroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). También quiere los US$ 450 millones que Barack Obama reservó para Colombia en el presupuesto estadounidense de este año. El Sr. Santos obtiene pocas bendiciones en su casa -una encuesta publicada el 8 de mayo por la firma de investigación de mercado Yanhaas encontró que tiene el 19% de aprobación-. El Sr. Trump tal vez debiera considerar por qué.

En casi todos los aspectos Colombia está peor que cuando el Sr. Santos tomó el timón en 2010. Reformas económicas importantes han languidecido, pero el año pasado el gobierno aumentó bruscamente los impuestos. La economía creció un escaso 2% en 2016.

El Sr. Santos ha presidido un boom de la corrupción. Colombia ha caído 12 puntos en el ranking de corrupción de Transparencia Internacional durante su tiempo en el cargo. Santos niega saber acerca de donaciones ilegales a su campaña de reelección de 2014 por parte de la constructora brasileña Odebrecht, pero la semana pasada el Congreso Colombiano anunció una comisión especial que abrirá una investigación.

Aún así, el señor Santos querrá presumir cuando llegue a Washington. Esquivó la Constitución colombiana para hacer su acuerdo con las Farc. Luego lo consagró por encima de la Constitución, aunque la gente lo rechazara en un plebiscito nacional. También consiguió que el Congreso de su país, que controla, le diera poderes discrecionales durante su puesta en práctica.

Colombia es ahora un lugar donde los enemigos políticos del presidente, o sus familiares, terminan a menudo en la cárcel. Un hermano del ex presidente Álvaro Uribe, Santiago, ha estado tras las rejas desde principios de 2016, aunque nunca ha sido condenado por ningún delito.

La producción de coca se ha disparado bajo el señor Santos. Por lo tanto, se podría pensar que tiene a los Estados Unidos ante un dilema: o entrega la ayuda externa o verá el narcotráfico disparado y fuera de control. El Sr. Trump podría informarle al Sr. Santos que mientras la extorsión se ejecuta salvajemente en su Colombia, es considerada de mal gusto en los EE.UU.

El dilema pone de relieve la tontería de la guerra contra las drogas en Estados Unidos, que busca defoliar el continente sudamericano para reducir la demanda de narcóticos aquí. El plan ha fracasado y envalentonado a las organizaciones criminales andinas, que se benefician de lucrativos negocios de cocaína en Estados Unidos, ganando poder en las zonas rurales y desestabilizando las democracias.

Bajo el mandato del presidente Uribe, Colombia recuperó amplias zonas del país que se habían perdido ante el crimen organizado, principalmente las FARC que trabajaban con otros grupos criminales, y restableció la presencia del Estado en todo el país. Cuando el Sr. Santos asumió la presidencia, las FARC habían sido derrotadas.

El Sr. Santos me dijo en 2012 que fueron las FARC las que iniciaron las conversaciones de paz. Pero, de acuerdo con su hermano Enrique, desde hace tiempo amigo de la izquierda terrorista colombiana, eso no es cierto. Como expliqué en este espacio el año pasado, en su libro en primera persona de 2014, "Así empezó todo", Enrique escribe que negociar con las FARC fue idea de Juan Manuel.

Fue sólo una de las muchas mentiras que el señor Santos dijo en su país y en el extranjero, en su afán por apaciguar a los criminales de guerra de las FARC. El dictador cubano Raúl Castro acogió las conversaciones en La Habana, y el señor Santos cedió a cada una de las demandas del grupo. Recibieron amnistía completa, asientos en el Congreso y el derecho a gobernar. Después de décadas de tráfico de drogas afirman que no tienen dinero para compensar a las víctimas. En cambio el acuerdo costará a los contribuyentes colombianos $ 31 billones en 10 años.

La semana pasada, al día siguiente de una cena en la residencia del embajador colombiano, el Senador de la Florida, Marco Rubio, dijo que "Estados Unidos apoya la implementación del acuerdo de Paz de Colombia, pero estará condicionado al pleno cumplimiento del mismo por parte de las FARC y. . . que trabajaremos con el gobierno colombiano, el gobierno democráticamente elegido por el pueblo de Colombia, para asegurar que los crímenes cometidos por las FARC no queden impunes y que las víctimas sean indemnizadas adecuadamente".

El Miami Herald informó que el Sr. Rubio había  respaldado el tratado Santos-Farc. El Sr. Rubio se defendió en Twitter: “Nunca he dicho nada sobre el apoyo al acuerdo de paz en mi discurso. Dije que apoyaba la financiación continuada a Colombia, con condiciones “.

Rubio es un defensor de la libertad en la región. Si él es serio, no debería otorgar al Sr. Santos un centavo, porque la pieza central del acuerdo de La Habana  es que las Farc no tendrán "un solo día en la cárcel". El dinero es maleable, por lo que no hay manera de evitar que la ayuda de los Estados Unidos se dirija a tribunales especiales para las confesiones de las FARC, a los que el Sr. Rubio dice que se opone.

El Sr. Rubio insiste en que el acuerdo de las FARC es un asunto interno y no debe pesar sobre las decisiones de financiación de Estados Unidos para ayudar a los militares colombianos. Pero Colombia ya no es el aliado que era bajo el gobierno de Uribe. Los amigos del señor Santos son Cuba y Venezuela. No ha sido útil para presionar a Caracas para regresar a la democracia. ¿Desde cuándo ignora Washington un ejercicio antidemocrático del poder al evaluar si un país es digno de la ayuda exterior?

The Wall Street Journal, New York, mayo 15 de 2017.

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