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El conservatismo no está en venta

El conservatismo no está en venta - 4.8 out of 5 based on 5 votes

La mermelada es empalagosa y no fragua, como las mezclas nobles.

“Lo primero que en la vida me ha parecido aprender, no es a ganar la partida, sino a saberla perder”.
Lástima que el hermoso pensamiento de Juan Ramón Jiménez, que siendo muy niños recitábamos, no hubiera sido conocido por los parlamentarios conservadores que hasta ahora integraban la llamada Mesa de Unidad y que fueron destituidos fulminantemente por el máximo rector del conservatismo, que es su Convención Nacional.

Les quedó grande un gesto de grandeza. Y en lugar de aceptar magnánimos una derrota, lo que los hubiera enaltecido y reconciliado con su gente y con el país, acudieron a las triquiñuelas y vilezas que germinan en almas pobres cuando no les sonríe la fortuna.

Ellos, los parlamentarios conservadores, organizaron la Convención, la reglamentaron, la convocaron y se creyeron dueños de su destino. Pero el pueblo conservador, lo que ahora llaman las bases del partido, se declaró en rebeldía y con más que justos motivos. Porque desde el computador de Palacio quedó notificada la nación entera de cómo el partido se había vendido, y quedó en detalle el precio de la simonía, dicho en dinero y en puestos.

Esa forma de adhesión a Santos resultaba excesiva, irritante, despreciable. Y Santos y sus asesores midieron mal lo que el conservatismo significa, y por lo que seguirá valiendo mientras sobreviva. Su pensamiento nativo echa raíces en el ideario bolivariano, por lo que diríamos que su primera fuente de inspiración viene del Discurso ante el Congreso de Angostura. Su partida de nacimiento está escrita por José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez en la declaración política más austera, elocuente y elevada que se escribió en América.

Pretender por unos billetes y unos puestos el Partido de Rafael Nuñez y Miguel Antonio Caro y Marco Fidel Suárez y Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez y Guillermo León Valencia, es un error imperdonable de cálculo. Una pérdida total de las dimensiones de la historia, una torpeza sin límites.

Así que pasó lo que tenía que pasar. El Partido se indignó y guiado por su pasado y de cara a su porvenir asumió el reto y llegó a la Convención para reclamar lo suyo y sacar a fuetazos a los mercaderes de su honra.

Sobró a los convencionistas la silbatina para las palabras del Senador Gerlein.  Bastaba mostrarle su repugnancia y su dolor con la catarata de votos que luego le regalaron, a él y a sus cómplices en la tarea de prostituir el Partido.

El Partido Conservador le dio al Presidente Santos la más formidable paliza de que se tenga noticia en estos avatares de la política colombiana. Y rescató su libertad, y el sentido de su decoro y su derecho al futuro. Y la dosis alcanzó para los que estaban vendiendo tanto por un miserable plato de lentejas.

Como de pasada, con reafirmar sus principios tutelares y mostrar la madera de que ha sido hecho, confirmó su voluntad de poder, eligiendo candidata a la Presidencia de la República a Marta Lucía Ramírez. ¡Y que elección! Una mujer intachable, ilustrada, brillante, de la que no se sabe si es más rico su pasado admirable o su futuro estelar.

¡Qué mal calcularon a sus copartidarios los huérfanos del poder! Tan mal como ahora buscan remedio en el basurero de las leguleyadas más indignas. Petro ya les copó esos espacios.

Pero eso es letra menuda. Los sustantivo es que el Partido Conservador ha tirado por la borda su vieja impedimenta y que libre y expedito se ha dado una nueva dirección, se ha trazado un rumbo, se ha propuesto metas más altas que su duelo, diremos parodiando a Pombo. Marta Lucía Ramírez ha recibido un mandato y lo cumplirá. Se trata de salvar el imponente edificio que amenaza ruina. Quien no acepte que el partido tiene voz y mando nuevo, es porque no entiende nada de Política.

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Mano firme corazón grande

Mano firme corazón grande - 4.9 out of 5 based on 16 votes

Por: Fernando Londoño Hoyos

Mano firme corazón grande

Se le agotó al Consejo Nacional Electoral el arsenal de bajezas con que pretendió que sus partidos patrocinadores ganaran la contienda sin librarla. Exhausto de tanta villanía, aceptó el logo del partido que arrasará en las próximas elecciones del 9 de marzo y en la del 25 de mayo.

El nuevo símbolo es una pieza maestra de expresividad. Centro Democrático ya es señal conocida por la gran mayoría de los electores. Y vale por mucho. Es Centro, lejano a los radicalismos de izquierda y derecha que terminan por identificarse, como el marxismo es el mismo nazismo y el mismo fascismo con distinta careta. Y Democrático vale por cercano al pueblo, por nacido de la voz y la opinión de la gente,  que no solamente se convoca a la hora de las elecciones, más que nunca como ahora, sino que se la escucha, se la respeta y se la tiene en cuenta todos los días, como menos que nunca ocurre ahora.

Ese Centro Democrático se expresa en colores que nadie olvida, porque no viajan solos sino que forman unidad indestructible. Un azul purísimo, un amarillo vibrante y un rojo intenso como el corazón y la sangre que impulsan y nutren el Partido.

Como si faltara poco, una figura difuminada en un espacio inmenso, que cualquiera sabrá que es la de Uribe. Para rematar con la Mano Firme y el Corazón Grande, que fue como nos llevaron a las pasadas victorias y como nos gobernaron durante ocho felices años.

Cuánto falta una mano firme y transparente, no con el ademán de los demagogos embusteros, ni con elgesto incierto y avaricioso de los que la mueven nerviosamente para ocultar sus codicias y rapacerías. Es la mano que no tiembla a la hora del peligro o de los grandes compromisos o de las altas decisiones. Es la mano franca, que apunta donde debe, que muestra las cosas como son, las nobles para ensalzarlas, las ruines para contenerlas. Es la mano del que tiene palabra, del que conoce el camino y del que no renuncia a recorrerlo, por empinada que sea la cuesta que lleva.

Y el corazón grande es la cabal síntesis de un humanismo que se quiere sepultar. La solidaridad con el pobre, la pasión al servicio de las grandes obras y la voluntad indomable puesta al servicio de los mejores ideales. Una política que no estimule y premie el trabajo honrado, la capacidad de innovación, la fuerza para pensar y actuar en grande, es una política entumecida, contrahecha, miserable. Y una política que no piense siempre en los rezagados en la carrera por la vida, en los débiles, en los que no encuentran su destino o lo tienen todo adverso, es irracional, anticristiana y torpe.

El Centro Democrático del la Mano Firme y el Corazón Grande, le llega como agua fresca a un país que se calcina en medio de un desierto implacable. Aquí no hay esperanzas, porque no hay política, sino técnica del aprovechamiento, del manotazo cobarde, de la ambición personal sin límites. No hay puerto de llegada, porque nadie sabe para dónde vamos. No hay una propuesta, porque ya se hicieron y se burlaron impúdicamente todas. No hay Fe, porque no hay nada en que creer ni nadie en quién confiar.

¿Dónde perderse? Allá donde vean mi penacho negro estará lo peor de la batalla, dijo el gran rey. Allá donde oigan y vean un planteamiento serio, una voz clara, una posición erguida, allá están Uribe y su renovado escuadrón, limpio, juvenil y heroico.

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La debacle de Ecopetrol

La debacle de Ecopetrol - 4.0 out of 5 based on 8 votes

Por: Fernando Londoño Hoyos

El Gobierno y las Farc son los grandes culpables de estas pérdidas descomunales.

El Presidente Santos recibió una economía tan próspera como nunca la había vivido la Nación. Y la va a entregar vuelta pedazos. Las pérdidas en Ecopetrol bastarían para alertar al más incauto y para desbaratar cualquier optimismo.

El 11 de enero del año pasado, las acciones se cotizaban en la Bolsa de Colombia a un precio de $5.450. Hoy vale la misma acción, en la misma lonja, a $3.415. La diferencia monta $2.035 por acción, lo que significa una caída del 40% de su valor original de hace doce meses. Multiplicada la cifra de la pérdida unitaria por las acciones en circulación (41 mil ciento dieciséis millones) nos arroja la suma global de 82 billones en el período. Como el Gobierno es dueño del 90% de ese total, ha visto caer su patrimonio en 73 billones de pesos.

El deterioro en el activo de los dueños de Ecopetrol alcanza la categoría de un desastre. No hay para qué hacer la cuenta de lo que con ese monto se haría en vivienda para los pobres, hospitales para los enfermos, colegios para la juventud o carreteras para desarrollar la economía. Las  cifras son tan gigantescas que su escueta expresión parecería el mas demagógico de los discursos.

La causa de semejante debacle no está en los precios del crudo. Hace un año, el barril WTI estaba en US$97 dólares y hoy ha bajado a 92. La diferencia es de un 5% que no habría conmovido para nada a los inversionistas. No hay dificultades en la venta y las perspectivas del negocio para este 2.014 son razonablemente buenas. Eso significa que el problema de Ecopetrol es de Ecopetrol y su entorno, circunstancia diría Ortega y Gasset, que es la de Colombia. En muchos aspectos tan mala y en lo que respecta a la industria petrolera tan grave, que explica lo que pasa. En suma, que los 73 billones perdidos a la fecha, se deben a la mala política del Presidente Santos, la peligrosa situación del país y el mal manejo de sus cuestiones esenciales. Cabría examinar si una parte de esa catástrofe le es atribuible, y en cuál medida, a equivocaciones propias de la Empresa, por las que también saldría el Gobierno responsable.

No hay mucho dónde perderse en este análisis. De agosto del 2.010 a hoy, las voladuras de los oleoductos han aumentado 223%. Es la contribución visible y directa de los “plenipotenciarios” de La Habana por las Farc a este resultado. Cualquiera que sepa leer y escribir entiende que ese delito está disparado y que la violencia guerrillera tiene a Ecopetrol contra las cuerdas.

Pero ahí no paran las cosas. Los inversionistas, que de ingenuos no tienen un pelo, han tomado atenta nota de las consultas populares que amenazan los programas de exploración petrolera, en un país que no tiene reservas para más de 7 años. Cuando los pueblos como Tauramena en el Casanare han resuelto impedir toda actividad de búsqueda de petróleo en su suelo, le han dictado sentencia de muerte a Ecopetrol. Contestará el Gobierno que esas consultas no son obligatorias. El inversionista dirá, en su implacable lenguaje de las cifras, que lo convenzan con hechos y no con declaraciones de Presidente. Pedirá, además, pruebas de la reducción de los secuestros y las extorsiones, que espantan al más probado aventurero de las finanzas. Los analistas de riesgos ya saben que los estudios de sísmica empezaron a caer.

Para acabar de completar el cuadro, el Gobierno acaba de convocar una Asamblea Extraordinaria para echar a los directores que no están dispuestos a convertir a Ecopetrol en la PDVSA colombiana.

La violencia, la ineptitud en el manejo político de las regiones y el ejemplo de la petrolera vecina convencieron a los tenedores de acciones para poner pies en polvorosa. Y eso cuesta 73 billones de pesos. Algo así como todo un país.

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