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¡Aleluya! reconocieron las víctimas

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¡Aleluya! reconocieron las víctimas - 4.7 out of 5 based on 13 votes

Por: Fernando Londoño Hoyos

Son los aliados del candidato Santos especímenes muy curiosos. Pero los más curiosos son los bandidos de las FARC. A una semana de las elecciones tenían por hacer o por decir alguna cosa, cualquiera, que favoreciera a su candidato. Y alguien les sopló la maravilla de que dijesen reconocer a las víctimas. ¡Loado sea el Señor!

Lo primero que anota el más inocente espectador de esta comedia es que no hablan de sus víctimas. Hablan de las víctimas, tratándolas así de manera tan impersonal y distante. Ese desprendimiento tiene su correspondencia en las declaraciones del doctor De La Calle, quien también reconoce a las pobres víctimas, aclarando que son las del conflicto en el que participamos todos y del que por consecuencia somos todos responsables.

Alto ahí, doctor De La Calle. Si usted tiene víctimas por reconocer, lo que no dejaría de sorprendernos, hágalo con toda franqueza. Pero no nos meta con las FARC, en el mismo costal, a los millones de colombianos que somos sus víctimas. De victimarios, nada. Nos ofende usted, que hace y dice cualquier cosa por congraciarse y reproducir la voz del amo, como el  perrito de la Víctor. Esta es una tragedia cuya autoría corresponde entera a sus contertulios de La Habana.

Pero recobremos el hilo del discurso. Porque la declaración anodina, mal intencionada y oportunista de las FARC no significa nada, no vale nada, no nos sirve para nada.

Que las FARC reconozcan, así en abstracto y tirándonos el agua sucia de la mitad de ellas, que hay víctimas por llorar y compadecer, es como descubrir que el agua moja. De sus asesinatos, extorsiones, bombas, asaltos a pueblos inermes, reclutamiento de niños, destrucción de oleoductos y torres de energía, hay tantas pruebas como quiera soportarlas el que se asome a este debate. Reconocerlas de este modo nada cuenta.

Fuera otra cosa que nos dieran el número y el nombre de todas ellas; que nos confesaran  cuántos secuestrados tienen aún en su poder, o cómo y cuando los asesinaron; que nos dijeran cuántas niñas les entretienen sus noches de campamento y por mal heridas que estén en el cuerpo y en el alma, nos las devolvieran; que nos presentaran escueto balance de sus ganancias gigantescas en el negocio del narcotráfico y entregaran esos cuantos miles de millones de dólares para socorrerlas. Pero esto, así dicho, sin más, no sirve para nada.

Cuando se dio la noticia que comentamos, se disputaron los micrófonos y las páginas y los escenarios púbicos los beatos de la paz, para exaltar semejante maravilla. Los oímos a todos, los leímos a todos, los vimos a todos, y ni uno solo se tomó la molestia de explicarnos el alcance jurídico o político que ella tuviera. Como la perrilla de Marroquín, tampoco tantos espontáneos vieron por parte alguna al maldito jabalí.

Y es que no podían verlo, porque no existe. Porque el decir de esos bandidos confirmando que han sido bandidos, no importa una higa. ¿Qué hay, entonces detrás de tanto bochinche, tanto aparato, tanto escándalo?. Pues nada. Nada distinto de que estamos en vísperas electorales y era momento de hacer cualquier cosa para llamar la atención y afirmar, otra vez, que la paz estaba a la vuelta de la esquina. Nunca habíamos avanzado tanto. Nunca llegamos tan lejos. Y es verdad. Nunca llegamos tan lejos en el pedregoso camino de la mala fe y la estupidez.

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Del padre de un soldado al candidato Santos

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Del padre de un soldado al candidato Santos - 4.6 out of 5 based on 37 votes

Por: Fernando Londoño Hoyos

Para  la infame publicidad política con que usted pretende ganar los votos de burgueses cobardes, no consultó la memoria de doña Simona Duque de Alzate, ni el parecer de centenares de miles de madres y padres de soldados que no hemos prestado hijos para la guerra, sino que llenos de orgullo los hemos entregado al servicio y la gloria de la Patria.

Desde luego que usted no sabe quién fue doña Simona, ni se lo vamos a enseñar ahora. Hay ignorancias invencibles y la suya, en materia de honor, de gloria, de Patria, es de este linaje.

Ningún día más emocionante en la vida, que aquel en que acompañamos a nuestros hijos a ponerse bajo banderas. Cuando los vimos marchar, todavía con sus vestidos de civil, mirando al aire la bandera de Colombia, por la que jurarían entregarlo todo, hasta la vida misma y cuando se perdieron de nuestra vista para entrar en la Escuela del Honor y la Dignidad del soldado, se nos salía el corazón del pecho. Sí. De orgullo porque Dios nos diera un hijo de ese temple.

Hambre y sueño. Disciplina y austeridad. Años de sacrificio para templar el alma como acero. Las órdenes que se cumplen, las jornadas en las aulas, los ejercicios sin número, hicieron de nuestros hijos hombres de verdad. Cuando terminaron su curso de contraguerrilla, no les cabía una ampolla en los pies, ni una herida en las manos, ni fue nunca tan pura y amplia su sonrisa de vencedores. Vino luego su grado. Qué hermosos marchaban a la muerte y a la gloria. Qué inmenso era su corazón. Qué grandes sus ilusiones. En esa ceremonia estremecedora le oímos decir a nuestra hija, despidiendo a su hermano, que ya sabía por qué Colombia no se había ido al diablo. Porque tenía héroes como éstos a pesar de tener tantos canallas que la amenazaban.

En la Misa, esos padres que usted desprecia elevamos al cielo la más encendida de las plegarias. Sabíamos que varios de esos muchachos nos dejarían para siempre el dolor de su ausencia y el premio de su recuerdo. Pero eran incontenibles en su devoción y en su ilusión.

Después de servir en las más rudas tareas, fueron llamados a lo que más estimaban. A su curso de lanceros. No para hacer piruetas vistosas para fotógrafos de ocasión. No. Era para someterse a semanas de rigor extremo, en que ese soldado llega a los confines de la resistencia física y mental, demostrando que puede tomar decisiones inteligentes. Y como premio, los destinos de más riesgo, las tareas más duras, los renunciamientos más severos. Y queda más para su orgullo. Ser Comandos. Meses de fatigas indecibles en la selva, en los desiertos, en los páramos helados, en el mar. Todo es poco. La Patria es más grande.

¡Aquellas noches sin noticias! Era que estaban en la selva persiguiendo a los bandidos con que usted planea en La Habana la entrega de Colombia. Los días, las semanas, los meses sin más agua que la de los ríos turbios, sin más compañía que la de gente como ellos y todas las alimañas del trópico, y sin más objetivo que la victoria.

La vuelta a casa. Aquellos abrazos inmensos, aquella alegría, que sabíamos prestada por Dios para una horas. Y aquél orgullo de verlo sonreír victorioso y dolido. Algún compañero no volvería nunca a estar en su línea de combate. Lo habían metido en un cajón de madera con destino a “su lugar de origen”. Pero se llevaba el homenaje de un saludo marcial y de alguna lágrima cobarde que rodara por el rostro impasible de sus hermanos héroes. Seguirían sus huellas. Como siguieron las de mi Alferez Barrero, que usted, por supuesto no conoce. Y las de tantos otros.

Esta no es nuestra tragedia. Esta es nuestra porción de gloria. ¿Sabe usted lo que es eso? ¿Y sabe que si tuviéramos más hijos, como Doña Simona, también los acompañaríamos en su viaje hacia el altar sagrado de la Patria?

Terminando estas líneas sentimos que se nos quería escapar un insulto que valiera por respuesta a sus injurias. Pero no. Usted no vale la pena para eso. Apenas le pedimos a Dios que tenga compasión de su pobre alma.

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Guerra y paz: falso dilema

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Guerra y paz: falso dilema - 4.3 out of 5 based on 25 votes

Por: Fernando Londoño Hoyos

En una división de aguas que Jaime Jaramillo Panesso llamó maniqueísmo puro, el candidato Santos ha resuelto que los colombianos son amigos de la paz, si están de acuerdo con los llamados diálogos de La Habana, o amigos de la guerra en caso contrario. Vale la pena salirle al paso a semejante bárbaro dilema, lleno de contradicciones y sofismas.

Lo primero, es que no estamos en guerra. La guerra es muy otra cosa que lo que sufrimos, que es terrorismo puro. Llevamos 50 años padeciendo estos bandidos, que no son un ejército, ni pueden pretender serlo. Sin ejércitos enfrentados, no hay guerra.

Los ejércitos representan un Estado, o una parte del Estado. Las FARC no representan a nadie. Las últimas, las antepenúltimas y todas las encuestas de ayer y de siempre, revelan que a las FARC las detestamos por igual todos los colombianos. Nunca han sobrepasado en favorabilidad los márgenes de error.

La guerra al interior de un Estado se llama, desde los tiempos de la muy antigua Roma, una guerra civil. Colombia no está en guerra civil, ni lo estuvo después de la que se llamó por sus tres años de trágica duración, la de los mil días.

Es cierto que grupos de izquierda radical, el partido comunista para ser exactos, quisieron usar esos bandoleros como brazo armado de una contienda política. Si fueran consecuentes, propondrían que las FARC se sometieran a los Protocolos de Ginebra sobre conflictos internos. Las FARC le huyen a esas reglas del Derecho Internacional Humanitario porque saben que su causa, su estructura y sus métodos no tienen ni remoto parentesco con los que calificarían como ejército un grupo armado y guerra lo que no pasa de ser aquella sucesión caótica de actos terrorista de la que arriba hablamos.

No es verdad que nos dividamos entre amigos de la paz y amigos de la guerra. Nadie es amigo de la guerra, salvo una mente loca como la de Nietzche, como nadie es amigo de la enfermedad, de la miseria, de la maldad o de la peste. Lo que hay son distintas visiones sobre la manera de controlar el terrorismo y las hubo por los siglos de los siglos.

No es verdad que estemos más cerca que nunca de lo que Santos llama la paz. Estuvo más próxima la tranquilidad ciudadana, o el imperio del orden público en agosto del 2.010 que ahora. Las estadísticas oficiales lo atestiguan. No estamos próximos a ganar la paz ni nada que se le parezca.

Las FARC no representan ninguna visión del país, ningún criterio para distinguir un modelo de sociedad u otro. Su dramática soledad lo demuestra. Lo que ha pasado es que Santos, buscando celebridad y la reelección, le ha dado micrófono a unos delincuentes, a una mafia organizada, para bautizarla ejército y para llamar guerra al terrorismo que ejerce.

Los llamados diálogos de paz son moralmente imposibles, jurídicamente impracticables, políticamente condenables. No se puede negociar la estructura del Estado, el porvenir de la Nación, la soberanía territorial de espaldas al país y a favor de unos delincuentes y de un credo ideológico agazapado en la sombra.

Los colombianos no nos dividimos entre amigos de la paz y de la guerra. Ese dilema es absurdo, grotesco. Los condenados por Santos a las llamas del infierno porque seríamos amigos de una guerra sin fin, no pasa de ser un mal truco político y el más falso de los dilemas en que quisieran envolvernos.

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