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La careta del gigante

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La careta del gigante - 5.0 out of 5 based on 2 votes

MARIO VARGAS LLOSA
Me apenó mucho la cataclísmica derrota de Brasil ante Alemania en la semifinal de la Copa del Mundo, pero confieso que no me sorprendió tanto. De un tiempo a esta parte, la famosaCanarinha se parecía cada vez menos a lo que había sido la mítica escuadra brasileña que deslumbró mi juventud y esta impresión se confirmó para mí en sus primeras presentaciones en este campeonato mundial, donde el equipo carioca dio una pobre imagen haciendo esfuerzos desesperados para no ser lo que fue en el pasado sino jugar un fútbol de fría eficiencia, a la manera europea.

No funcionaba nada bien; había algo forzado, artificioso y antinatural en ese esfuerzo, que se traducía en un desangelado rendimiento de todo el cuadro, incluido el de su estrella máxima, Neymar. Todos los jugadores parecían embridados. El viejo estilo —el de un Pelé, Sócrates, Garrincha, Tostao, Zico— seducía porque estimulaba el lucimiento y la creatividad de cada cual, y de ello resultaba que el equipo brasileño, además de meter goles, brindaba un espectáculo soberbio, en que el fútbol se trascendía a sí mismo y se convertía en arte: coreografía, danza, circo, ballet.

Los críticos deportivos han abrumado de improperios a Luiz Felipe Scolari, el entrenador brasileño, al que responsabilizan de la humillante derrota por haber impuesto a la selección carioca una metodología de juego de conjunto que traicionaba su rica tradición y la privaba de la brillantez y la iniciativa que antes eran inseparables de su eficacia, convirtiendo a los jugadores en meras piezas de una estrategia, casi en autómatas. Sin embargo, yo creo que la culpa de Scolari no es solo suya sino, tal vez, una manifestación en el ámbito deportivo de un fenómeno que, desde hace algún tiempo, representa todo el Brasil: vivir una ficción que es brutalmente desmentida por una realidad profunda.

No hubo ningún milagro en los años de Lula, sino un espejismo que ahora comienza a despejarse

Todo nace con el Gobierno de Lula da Silva (2003-2010), quien, según el mito universalmente aceptado, dio el impulso decisivo al desarrollo económico de Brasil, despertando de este modo a ese gigante dormido y encarrilándolo en la dirección de las grandes potencias. Las formidables estadísticas que difundía el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística eran aceptadas por doquier: de 49 millones, los pobres bajaron a ser sólo 16 millones en ese período y la clase media aumentó de 66 a 113 millones. No es de extrañar que, con estas credenciales, DilmaRousseff, compañera y discípula de Lula, ganara las elecciones con tanta facilidad. Ahora que quiere hacerse reelegir y que la verdad sobre la condición de la economía brasileña parece sustituir al mito, muchos la responsabilizan a ella de esa declinación veloz y piden que se vuelva al lulismo, el Gobierno que sembró, con sus políticas mercantilistas y corruptas, las semillas de la catástrofe.

La verdad es que no hubo ningún milagro en aquellos años, sino un espejismo que sólo ahora comienza a despejarse, como ha ocurrido con el fútbol brasileño. Una política populista como la que practicó Lula durante sus Gobiernos pudo producir la ilusión de un progreso social y económico que era nada más que un fugaz fuego de artificio. El endeudamiento que financiaba los costosos programas sociales era, a menudo, una cortina de humo para tráficos delictuosos que han llevado a muchos ministros y altos funcionarios de aquellos años (y los actuales) a la cárcel o al banquillo de los acusados. Las alianzas mercantilistas entre Gobierno y empresas privadas enriquecieron a buen número de funcionarios y empresarios, pero crearon un sistema tan endemoniadamente burocrático que incentivaba la corrupción y ha ido desalentando la inversión. De otro lado, el Estado se embarcó muchas veces en faraónicas e irresponsables operaciones, de las que los gastos emprendidos con motivo de la Copa Mundial de Fútbol son un formidable ejemplo.

El Gobierno brasileño dijo que no habría dineros públicos en los 13.000 millones que invertiría en el Mundial de fútbol. Era mentira. El BNDS (Banco Brasileño de Desarrollo) ha financiado a casi todas las empresas que ganaron las obras de infraestructura y que, todas ellas, subsidiaban al Partido de los Trabajadores actualmente en el poder. (Se calcula que por cada dólar donado han obtenido entre 15 y 30 dólares en contratos).

Las obras mismas constituían un caso flagrante de delirio mesiánico y fantástica irresponsabilidad. De los 12 estadios acondicionados sólo se necesitaban ocho, según advirtió la propia FIFA, y la planificación fue tan chapucera que la mitad de las reformas de la infraestructura urbana y de transportes debieron ser canceladas o sólo serán terminadas ¡después del campeonato! No es de extrañar que la protesta popular ante semejante derroche, motivado por razones publicitarias y electoralistas, sacara a miles de miles de brasileños a las calles y remeciera a todo el Brasil.

Las cifras que los organismos internacionales, como el Banco Mundial, dan en la actualidad sobre el futuro inmediato del Brasil son bastante alarmantes. Para este año se calcula que la economía crecerá apenas un 1,5%, un descenso de medio punto sobre los últimos dos años en los que sólo raspó el 2% . Las perspectivas de inversión privada son muy escasas, por la desconfianza que ha surgido ante lo que se creía un modelo original y ha resultado ser nada más que una peligrosa alianza de populismo con mercantilismo y por la telaraña burocrática e intervencionista que asfixia la actividad empresarial y propaga las prácticas mafiosas.

Las obras del Mundial de fútbol han sido un caso flagrante de delirio e irresponsabilidad

Pese a un horizonte tan preocupante, el Estado sigue creciendo de manera inmoderada —ya gasta el 40% del producto bruto— y multiplica los impuestos a la vez que las “correcciones” del mercado, lo que ha hecho que cunda la inseguridad entre empresarios e inversores. Pese a ello, según las encuestas, DilmaRousseff ganará las próximas elecciones de octubre, y seguirá gobernando inspirada en las realizaciones y logros de Lula da Silva.

Si es así, no sólo el pueblo brasileño estará labrando su propia ruina y más pronto que tarde descubrirá que el mito en el que está fundado el modelo brasileño es una ficción tan poco seria como la del equipo de fútbol al que Alemania aniquiló. Y descubrirá también que es mucho más difícil reconstruir un país que destruirlo. Y que, en todos estos años, primero con Lula da Silva y luego con DilmaRousseff, ha vivido una mentira que irán pagando sus hijos y sus nietos, cuando tengan que empezar a reedificar desde las raíces una sociedad a la que aquellas políticas hundieron todavía más en el subdesarrollo. Es verdad que Brasil había sido un gigante que comenzaba a despertar en los años que lo gobernó Fernando Henrique Cardoso, que ordenó sus finanzas, dio firmeza a su moneda y sentó las bases de una verdadera democracia y una genuina economía de mercado. Pero sus sucesores, en lugar de perseverar y profundizar aquellas reformas, las fueron desnaturalizando y regresando el país a las viejas prácticas malsanas.

No sólo los brasileños han sido víctimas del espejismo fabricado por Lula da Silva, también el resto de los latinoamericanos. Porque la política exterior del Brasil en todos estos años ha sido de complicidad y apoyo descarado a la política venezolana del comandante Chávez y de Nicolás Maduro, y de una vergonzosa “neutralidad” ante Cuba, negándoles toda forma de apoyo ante los organismos internacionales a los valerosos disidentes que en ambos países luchan por recuperar la democracia y la libertad. Al mismo tiempo, los Gobiernos populistas de Evo Morales en Bolivia, del comandante Ortega en Nicaragua y de Correa en el Ecuador —las más imperfectas formas de Gobiernos representativos en toda América Latina— han tenido en Brasil su más activo valedor.

Por eso, cuanto más pronto caiga la careta de ese supuesto gigante en el que Lula habría convertido al Brasil, mejor para los brasileños. El mito de la Canarinha nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible —aunque sea dolorosa— atenerse a la verdad.

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Rubiales y la conspiración del silencio

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Por: Fernando Londoño

La conspiración del silencio juega a nuestra falta de memoria. El periodismo tiene la obligación de practicar una especie de nemotecnia colectiva. Va nuestra cuota de ese deber.

1)¿Qué va a pasar con Campo Rubiales? Se estima que la producción puede ascender a quinientos mil barriles por día. Hoy produce doscientos sesenta mil. A cien dólares la unidad, la cosita vale entre diez y veinte mil millones de dólares al año, o si prefiere pesos, caro lector, entre veinte y cuarenta billones. Tres y media reformitas tributarias como la de los doce billones que se nos viene encima.

Y el tema se resolverá entre los amigos de Juanpa que hacen de directores de Ecopetrol, y los amigos de Juanpa que sacan a pasear a sus hijitos a la Copa Mundo. Será el más grande negociado del Siglo XXI.

2) ¿Qué pasó con Fondelibertad? Eran unos miles de millones que el Ministerio de Defensa tenía para socorrer víctimas del secuestro. Siendo Ministro Gabriel Silva y Director del Fondo Harlan Henao, aparecieron docenas de contratistas que firmaron el mismo documento, que recibieron millones mensuales en pago por un contrato que ninguno cumplió. ¿Quiénes eran? ¿Por qué no se exigió a ninguno informe de tareas? ¿Por qué nadie investiga? Solo una perla: el contratista mayor era un tal Juan Mesa. ¿Lo recuerdan?

3) Qué pasó con la investigación por los 12.5 millones de dólares que los narcos pagaron a dos amigotes de Juanpa, unos tales Rendón y Chica. ¿Cuál de esos dos es el ladrón? ¿Lo son ambos? ¿Con quién participaron de esa fortuna?

4) La investigación de ese desaguisado corre por cuenta del Fiscal Montealegre, quién antes de Fiscal, como abogado consultor, recibió miles de millones de pesos en contratos de servicios celebrados con la Presidencia de la República. ¿Alguien ha visto los profundos conceptos que merecieron semejante retribución? La Casa de Nariño dice que son documentos secretos. En Colombia no existen esos secretos. Los documentos públicos son públicos. ¡Pero es que da tanta pena mostrar esas vergüenzas!

5)Ese mismo Fiscal fue abogado de Saludcoop contra el pago, como no, de otros miles de millones de pesos por honorarios que tampoco se ha tomado la molestia de justificar. De Saludcoop se perdieron un billón cuatrocientos mil millones de pesos, por maniobras de su gestor principal, el señor Palacino, y de una Junta de la que formaba parte un tal Vargas Lleras, hermano de otro de esos mismos apellidos, elegido hoy Vicepresidente de la República. La denuncia, con condena fiscal ejecutoriada, la hizo la Contralor General de la República. ¿Qué ha pasado? Pues que la Contralor está amenazada de cárcel por el Fiscal acusado, que el Fiscal está investigando a Palacino, su cliente, y que los Vargas Lleras no musitan palabra.

6) Las autopistas de  cuarta generación costarán cerca de cuarenta billones de pesos, algo así como el producido anual de Campo Rubiales. ¿Por qué se salieron de esas licitaciones todas las grandes empresas de ingeniería de construcción del mundo? ¿Por qué solo persistieron unos  contratistas colombianos que están ganado todos los concursos por WW, como en deporte se dice cuando el contrincante se quita? ¿Por cuál casualidad el contratista ganador, un tal Huertas, era uno de los más entusiastas seguidores de Juanpa en la celebración de la derrota de la primera vuelta electoral?¿ Cuáles otros amigos están a la cacería de esos contratos sin disputa?

7) Cuánto valen y quién paga las facturas por mantener como príncipes en La Habana, en el que puede ser el hotel más caro del mundo, treinta o cuarenta bandidos y bandidas de las FARC. ¿Y cuánto han costado nuestros plenipotenciarios? Son más de dos años de vida principesca de aquellos salvajes y de estos abnegados servidores de la patria. ¿A cómo el día?

8) El computador de Palacio reveló más de dos billones de pesos que se entregaron como mermelada a los congresistas amigos de Juanpa.  ¿Para celebrar cuáles contratos? Con quiénes? ¿En qué va la ejecución de cada una de esas obras?

9) ¿Cuántas casitas regaladas se entregaron efectivamente? ¿En qué sitios y cuál ha sido el valor real de esa filantropía politiquera?

10) ¿Cuál ha sido la inversión publicitaria del gobierno en los últimos dos años? O si se prefiere, ¿cuántos nos cuesta mantener gobiernistas furibundos los medios de comunicación?

11) ¿Cuándo se dignará explicarle al país el Presidente Santos el valor y la evolución de su gigantesca fortuna, una de las mayores de Colombia? BANCE SAS ha mostrado activos líquidos superiores a treinta mil millones de pesos. ¿Cuántos impuestos pagó Juanpa por ese enriquecimiento colosal? La venta de EL TIEMPO no da para tanto. Al buen deudor no le duelen prendas, decía Don Quijote.

Entre todos, agrandemos la lista. La urna de cristal es una invitación irresistible.

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Faltan doce billoncitos

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Faltan doce billoncitos - 5.0 out of 5 based on 2 votes

Por: Fernando Londoño

Cuando algún día se le pase la cuenta a Juanpa (nos dijo que así le gustaba que lo llamásemos) no será corto asunto el de la gigantesca bonanza que dilapidó. Del muy odiado Presidente Uribe recibió una nunca vista producción petrolera de un millón de barriles por día, y de las fortuitas circunstancias de la economía mundial un precio de más de cien dólares para cada barril. Ningún gobierno recibió tanto como el de Santos y ningún gobierno dejó tan poca cosa para responder por semejante lluvia de ventura.

Hecha la cuenta por lo bajo, a Santos le tocó una bonanza de más de treinta y cinco mil millones de dólares anuales, de los que una parte sustantiva entraron a las arcas del Estado. Y no dejó una carretera, ni un puente, ni un camino, ni un hospital ni un colegio que sirvieran de recuerdo de esa época feliz. Todo se fue en derroche, mermeladas, anuncios, infecta burocracia, ostentación grotesca e ineptitud manifiesta. Claro que como nunca antes fueron altos los recaudos impositivos y como nunca antes indignantes las oportunidades perdidas.

El crecimiento del gasto público no llega solo. Todas esas francachelas se pagan y ha llegado la hora de la factura histórica. Pero este país se pasa de bueno o de tonto y no ha notado el despilfarro de lo suyo. Pero lo que sí va a notar, mal que le pese, es el hueco que además de lo recibido queda en las arcas públicas. Y esos huecos se cubren, o se cubren. El pueblo paga.

La clase media colombiana, la gran sacrificada de la reforma tributaria cuyos efectos se notarán este próximo mes de agosto, no ha elevado su voz de protesta por lo que se le vino encima. Porque la declararon clase rica y opulenta, cuando apenas con inmensas angustias logra sobrevivir. Y ya considerada rica le pasaron la hoz para la vendimia fiscal que apenas está empezando. Ya oiremos  los gemidos, los lamentos y las imprecaciones de setecientos cincuenta mil nuevos contribuyentes que deja como herencia Santos, con la ayuda del doctor Juan Ricardo Ortega que hizo el daño y se fue. La dorada burocracia del BID no es un mal sitio para escampar la tormenta.

Ya el Ministro Cárdenas tiene incorporado al presupuesto lo que se reciba por la venta de ISAGEN, que dice él se aplicará a las autopistas de cuarta generación que construirán, por supuesto, los contratistas amigotes de Juanpa. Esos serán cuatro o cinco o seis billones adicionales que estrictamente hacen parte del faltante general del presupuesto. Pero ni por esas. No alcanzó la reforma tributaria que comentamos, la primera de este año, ni la venta de ISAGEN. Todavía falta plata, que el cínico  inquilino de la Casa de Nariño ha dicho que es la que habrá de dedicarse a la paz. De modo que tranquilos, siervos de la gleba, porque su dinero no va para la guerra, sino para la paz.

¿Y de cuánto hablamos? Pues de la módica suma de doce billones de pesos adicionales que saldrán de una nueva reforma tributaria, que para los genios de ANIF y FEDESARROLLO se debe poner sobre los hombros de los “hogares”, que a su juicio tributan muy poco. Con ese proyecto recibirán al nuevo Congreso, que será dócil a la voz del amo. A pagar se dijo, ricachones colombianos que superan el fabuloso ingreso mensual de un millón y medio de pesos. Elegimos a Juanpa. Ese es un honor que cuesta. Por lo pronto, ISAGEN y doce billoncitos adicionales.

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